LOS PENTECOSTALES UNICITARIOS Y LA DOCTRINA DE DIOS

Dr. Ron Rhodes
El Dr. Ron Rhodes obtuvo sus títulos de maestría y doctorado en el Dallas Theological Seminary. Ha escrito más de cuarenta libros, muchos de ellos relacionados con temas apologéticos. Es fundador y presidente de Reasoning from the Scriptures Ministries, una organización dedicada a la apologética cristiana. Asimismo, enseña apologética sectaria en el Southern Evangelical Seminary.

El pentecostalismo unicitario surgió en el seno de las iglesias Asambleas de Dios en los Estados Unidos a comienzos del siglo XX. Una minoría de pastores afiliados a dicha denominación comenzó a promover una concepción modalista de Dios. Al negar la doctrina de la Trinidad, sostenían que Jesús, el único Dios verdadero, se manifestó en tres modos (y no como personas) distintas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.1

El cuerpo mayoritario de los pastores de las Asambleas de Dios en los Estados Unidos se opuso a esta enseñanza y, en un concilio denominacional celebrado en 1916, reafirmó de manera firme la creencia en la Trinidad. Esta decisión condujo a la salida de 156 de los 585 pastores, junto con sus respectivas congregaciones.2 Dichos pastores se retiraron porque consideraban “que la iglesia había violado su principio original de no adoptar ningún otro credo sino la Biblia”.3

Las décadas siguientes fueron testigo del surgimiento de diversas denominaciones de menor tamaño, lideradas por los pastores unicitarios que se habían separado de las Asambleas de Dios. Se produjeron múltiples escisiones y posteriores fusiones, lo que dio como resultado la formación del mayor de los grupos pentecostales unicitarios —la Iglesia Pentecostal Unida—, con más de un millón de miembros en los Estados Unidos. En este capítulo, mi propósito es responder a algunos de los argumentos más comunes presentados por la Iglesia Pentecostal Unida en defensa del concepto modalista de Dios.

En lo esencial, los pentecostales unicitarios sostienen que “Padre” se refiere a la divinidad de Jesús; “Hijo”, a Jesús en su humanidad o en su estado encarnado; y “Espíritu Santo”, a Dios comunicándose con la humanidad de diversas maneras.4 Aunque con frecuencia resulta confusa, la teología unicitaria enseña que Jesús es, al mismo tiempo, el Padre que envió al Hijo y el Hijo que obedeció al Padre. Así, Jesús sería el Hijo que ora al Padre y, simultáneamente, el Padre que responde a las oraciones del Hijo. No obstante, según esta perspectiva, Jesús fue y es una sola persona. Examinemos, pues, los principales argumentos unicitarios en favor de esta compleja posición y respondámoslos uno por uno.

PRIMER ARGUMENTO: EXISTE UN SOLO DIOS

Los pentecostales unicitarios destacan diversos pasajes bíblicos que afirman que Dios es absolutamente uno (por ejemplo, Dt. 6:4; Is. 42:8; 43:10–11; 44:6; 1 Co. 8:4–6; Ef. 4:4–6; 1 Ti. 2:5). Argumentan que, puesto que existe un solo Dios verdadero y que el Nuevo Testamento declara que Jesús es Dios (por ejemplo, Jn. 8:58; Col. 2:9; Tit. 2:13–14), Jesús debe ser el único y verdadero Dios del que habla la Escritura. En consecuencia, concluyen que Jesús es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.5

Bernard sostiene que “el trinitarismo no es un monoteísmo puro, sino que tiende al triteísmo”.6 Asimismo, afirma que “muchos pentecostales trinitarios son triteístas teológicos”. Como ejemplo, cita a Finis Dake [de la Biblia de Estudio Dake], quien describía a Dios como tres personas distintas, cada una entendida como un ‘individuo’ con su ‘propio cuerpo espiritual personal, alma personal y espíritu personal en el mismo sentido en que cada ser humano, ángel u otro ser que tiene cuerpo, alma y espíritu’”.7

Los trinitarios coinciden en que los pasajes citados por los pentecostales unicitarios demuestran que existe un solo Dios. Al mismo tiempo, subrayan que la unidad de Dios constituye el fundamento esencial de la doctrina de la Trinidad. Donde los pentecostales unicitarios incurren en error es al considerar dichos versículos de manera aislada, sin tener en cuenta otros pasajes que evidencian una distinción clara entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. En el Nuevo Testamento, en más de doscientas ocasiones Jesús se refiere al Padre como alguien distinto de Él mismo. De igual modo, en más de cincuenta pasajes el Padre y el Hijo aparecen distinguidos dentro del mismo versículo (por ejemplo, Ro. 15:6; 2 Co. 1:3; Gá. 1:3; Fil. 2:10–11; 1 Jn. 2:1; 2 Jn. 3).

Leemos en las Escrituras que el Padre envió al Hijo al mundo (Jn. 3:17). El Padre y el Hijo se aman mutuamente (Jn. 14:31). El Padre habla al Hijo y el Hijo habla al Padre (Jn. 11:41–42). El Espíritu Santo desciende sobre Jesús en su bautismo (Mt. 3:16). Jesús y el Padre envían al Espíritu Santo al pueblo de Dios después de la resurrección (Jn. 14:26; 15:26). Jesús y el Padre son dos testigos distintos (Jn. 5:31, 32, 37). El Espíritu Santo intercede ante el Padre a nuestro favor (Ro. 8:26–27). Es evidente que se trata de personas distintas que interactúan entre sí. Afirmar que un modo habla con otro, o que un modo ama a otro, carece de sentido.

Es cierto que la Biblia no identifica explícitamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo como personas. Sin embargo, esta afirmación constituye una inferencia racional, fundada en declaraciones explícitas de la Escritura. El Padre se involucra en relaciones yo–tú (Jn. 3:35) y posee atributos propios de la personalidad: intelecto (Mt. 6:8), emociones (Gn. 6:6; Sal. 86:15) y voluntad (Mt. 12:50). El Hijo se involucra igualmente en relaciones yo–tú (Jn. 11:41–42) y manifiesta atributos personales tales como intelecto (Jn. 2.24–25), emociones (Mt. 9:36; Jn 11:35) y voluntad (Lc. 22:42). El Espíritu Santo también se involucra en relaciones yo–tú (Hch. 8:29) y posee atributos de la personalidad: intelecto (Ro. 8:27; 1 Co. 2:10–11), emociones (Is. 63:10; Ef. 4:30) y voluntad (1 Co. 12:11). Por consiguiente, la personalidad de cada uno de los tres se halla implícita en las Escrituras.

En cuanto a Finis Dake, es cierto que algunos dentro del ámbito carismático y del movimiento Word of Faith han sido fuertemente influenciados por la Biblia de Estudio Dake, entre ellos Jimmy Swaggart, Benny Hinn y Kenneth Copeland, por mencionar solo algunos. No obstante, dichas figuras difícilmente representan al conjunto más amplio de los trinitarios, quienes rechazan la Biblia de Estudio Dake por considerarla teológicamente desequilibrada e incluso herética.8

SEGUNDO ARGUMENTO: EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO CONTINÚA LA VISIÓN JUDÍA DE DIOS

Los pentecostales unicitarios sostienen que continúan la posición histórica judía respecto de la doctrina de Dios, manteniéndose firmes en la confesión judía de fe (el Shemá): “Oye, Israel, el Señor nuestro Dios, el Señor uno es” (Dt. 6:4).9 Los defensores unicitarios afirman que no existe siquiera un versículo en el Antiguo Testamento que enuncie la doctrina de la Trinidad. Bernard concluye que “si la trinidad es una parte esencial de la naturaleza de Dios, entonces Él no la reveló a su pueblo escogido”.10

En respuesta, el criterio para la verdad cristiana no es lo que los judíos creían, ni tampoco lo que enseña únicamente el Antiguo Testamento. Por el contrario, dicho criterio es la Biblia en su totalidad, y de manera particular el Nuevo Testamento.

Es de suma importancia reconocer que, en el curso de la revelación que Dios hace de sí mismo a la humanidad, Él fue manifestando su naturaleza de manera progresiva. En primer lugar, Dios reveló su unidad y singularidad esencial, es decir, dio a conocer que Él es uno y que es el único Dios verdadero. Este constituyó el punto de partida necesario para la autorrevelación divina, puesto que, a lo largo de su historia, Israel estuvo rodeado de naciones profundamente inmersas en el politeísmo. Por medio de los profetas, Dios se comunicaba con su pueblo y reafirmaba constantemente a Israel la verdad del monoteísmo.

Aunque la unidad y unicidad de Dios, tal como se afirman en el Shemá (Dt. 6:4), constituyen el énfasis claro de la revelación del Antiguo Testamento, esto no implica que en dicho corpus no existan indicios o sombras de la doctrina de la Trinidad, como de hecho los hay (por ejemplo, Gn. 1:26; 3:22; 11:7; Sal. 110:1; Pr. 30:4; Is. 6:8; 48:16; 61:1). En particular, Isaías 48:16 menciona a las tres personas de la Trinidad y las presenta como distintas entre sí. Asimismo, muchos teólogos sostienen que las referencias al Ángel del Señor en el Antiguo Testamento corresponden a apariciones preencarnadas de Jesucristo. El Ángel de Jehová, identificado como el Señor en Éxodo 3:1–6, es también presentado como distinto de Jehová, puesto que intercede ante Jehová en favor del pueblo de Dios (Zac. 1:12; cf. 3:1–2). No obstante, Dios no reveló la plenitud de su naturaleza trina sino hasta los tiempos del Nuevo Testamento (por ejemplo, Mt. 3:16–17; 28:19; 2 Co. 13:13; Ef. 4:4–6). Es, por tanto, mediante la lectura del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo Testamento que se identifican evidencias que respaldan la doctrina de la Trinidad. Como escribió el teólogo Benjamin Warfield:

Podemos comparar el Antiguo Testamento con una sala ricamente decorada, pero escasamente iluminada. La entrada de la luz no añade nada que no estuviera ya presente; simplemente permite ver con mayor claridad mucho de lo que allí se encuentra, aunque antes solo se percibía de manera vaga o incluso pasaba inadvertido. El misterio de la Trinidad no está [explícitamente] revelado en el Antiguo Testamento, pero se halla subyacente a la revelación veterotestamentaria y, en diversos pasajes, casi llega a manifestarse. La revelación veterotestamentaria de Dios no es corregida por la revelación más completa que le sigue, sino únicamente perfeccionada, enriquecida y ampliada.11

TERCER ARGUMENTO: EL PENTECOSTALISMO UNICITARIO CONTINÚA LA VISIÓN DE LOS ESCRITORES NEOTESTAMENTARIOS ACERCA DE DIOS

Los pentecostales unicitarios sostienen que los escritores del Nuevo Testamento eran monoteístas y que no tenían la intención de introducir un nuevo concepto de Dios. Afirman que ni los autores ni sus lectores pensaban en categorías trinitarias y que, ciertamente, tales categorías resultan ajenas a las páginas neotestamentarias.12 Según esta perspectiva, no existe mención alguna de tres personas coiguales o coeternas, sino únicamente un énfasis en el único y verdadero Dios, que es Jesucristo.13

Esta afirmación distorsiona los datos bíblicos. En el relato del bautismo de Jesús se manifiestan claramente las tres personas (Mt. 3:6–17). De igual manera, las tres personas son mencionadas en la bendición de Pablo dirigida a los creyentes corintios (2 Co. 13:13). Jesús, por su parte, ordenó a los discípulos bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (Mt. 28:19). Cabe señalar que, el lenguaje trinitario se encuentra prácticamente impregnado en numerosos pasajes clave de la Escritura, siendo 1 Tesalonicenses 1 un ejemplo representativo.

Es cierto que los términos coigual y coeterno no se encuentran explícitamente en la Biblia; sin embargo, dichos términos reflejan con precisión la enseñanza bíblica de que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son igualmente divinos e igualmente eternos. Las tres personas poseen el atributo de la omnipresencia: el Padre (Jer. 23:23–24), el Hijo (Mt. 28:20) y el Espíritu Santo (Sal. 139:7). De igual manera, las tres poseen el atributo de la omnisciencia: el Padre (Ro. 11:33), el Hijo (Mt. 9:4) y el Espíritu Santo (1 Co. 2:10). Igualmente, las tres poseen el atributo de la omnipotencia: el Padre (1 P. 1:5), el Hijo (Mt. 28:18) y el Espíritu Santo (Ro. 15:19). Del mismo modo, la eternidad se atribuye a cada una de las tres personas: el Padre (Sal. 90:2), el Hijo (Mi. 5:2; Jn. 1:2; Ap. 1:8, 17) y el Espíritu Santo (Heb. 9:14). A la luz de estos datos, los términos coigual y coeterno constituyen expresiones plenamente adecuadas de la verdad bíblica.

Los pentecostales unicitarios replican afirmando que Colosenses 2.9 revela que la plenitud (totalidad) de la Deidad habita en Jesús. En consecuencia, sostienen que el propio Jesús tendría que ser el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. David Bernard declara: “El trinitarismo niega que la plenitud de la Deidad esté en Jesús, porque niega que Jesús sea el Padre y el Espíritu Santo”.14 Ahora bien, en este pasaje el término indica que la plenitud de la Deidad —es decir, la propia esencia divina en sí misma, con todos sus atributos— habita plenamente en Jesús. El versículo demuestra que Jesús es plenamente Dios, pero no afirma que Jesús sea la única persona que es Dios. La Escritura interpreta la Escritura, y esta enseña que, en la unidad del único Dios (Dt. 6:4), existen tres personas distintas: el Padre (1 P. 1:2), el Hijo (Jn. 20:28) y el Espíritu Santo (Hch. 5:3–4).

CUARTO ARGUMENTO: JESÚS ES EL PADRE

Cuando los pentecostales unicitarios sostienen que los términos Padre, Hijo y Espíritu Santo son modos de manifestación del único Dios (Jesús), en la práctica emplean el término Padre para referirse a Dios, a la divinidad o al ser divino. En este sentido, los pentecostales unicitarios afirman: “La naturaleza divina de Cristo es el Padre de la Eternidad”.15 “Las Escrituras muestran que la divinidad de Jesús es, en realidad, el Padre y no una segunda persona de la Deidad”.16 “La Palabra de Dios enseña que Dios Padre se manifestó en la carne”.17

Citan numerosos pasajes bíblicos para respaldar este punto de vista. Por ejemplo, Isaías 9:6 se refiere a Jesús como “Padre de la Eternidad”.18 Asimismo, en Juan 10:30 Jesús afirma: “Yo y el Padre uno somos”, lo cual, según ellos, establece una identidad común entre Jesús y el Padre.19 De igual manera, Jesús declaró que quien lo ha visto a Él, en realidad ha visto al Padre (Jn. 14:7–11).20

Citan también 1 Corintios 1:3, donde leemos: “Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo” (énfasis mío). Los pentecostales unicitarios afirman que la última parte del versículo debería leerse: “Dios nuestro Padre, es decir, el mismo Señor Jesucristo”. Traducido de esta modo —argumentan— (pues kai, en griego, también puede significar “es decir” o “mismo”), se concluiría que Jesús y el Padre son una y la misma persona.

Aunque Jesús es llamado “Padre de la Eternidad” en Isaías 9:6, el argumento pentecostal unicitario de que ello demuestra que Jesús es “el Padre” resulta incorrecto. El uso del término “Padre” como título divino solo adquiere relevancia en el Nuevo Testamento, cuando Jesús enseñó explícitamente que Dios es “Padre”. Ciertamente, no se trataba de un título habitual de Dios en el contexto del Antiguo Testamento. Esta observación va en contra de la idea de que el empleo del término “Padre” en Isaías 9:6 pretendiera ser una referencia a Dios en el mismo sentido neotestamentario; más bien, indica que el término fue utilizado con un significado distinto.

En Isaías 9:6, la expresión se traduce correctamente como “Padre de la Eternidad”, lo cual transmite el sentido de “poseedor de la eternidad”. El uso de esta expresión concuerda con la costumbre hebrea y árabe, según la cual a quien posee algo se le denomina su padre. Así, “padre de la fuerza” significa “fuerte”; “padre del conocimiento”, “inteligente”; y “padre de la gloria”, “glorioso”.21 De acuerdo con este uso común, el significado de “Padre de la Eternidad” en Isaías 9:6 es “eterno”. Cristo, en cuanto “Padre de la Eternidad”, es un ser eterno.

El Tárgum, una paráfrasis simplificada de las Escrituras del Antiguo Testamento utilizada por los judíos antiguos, tradujo Isaías 9:6 de la siguiente manera: “Su nombre ha sido llamado desde la antigüedad: Maravilloso Consejero, Dios Fuerte, aquel que vive para siempre”.22 Los judíos antiguos comprendían que la expresión “Padre de la Eternidad” señalaba la eternidad del Mesías.

En cuanto a la declaración de Jesús en Juan 10.30, donde afirma que Él y el Padre son “uno”, este versículo no significa que Jesús y el Padre sean una sola y la misma persona. Sabemos que esto es así porque la frase “Yo y el Padre somos uno” utiliza la primera persona del plural, “nosotros” (esmen, en griego). En el original griego, el versículo dice literalmente: “Yo y el Padre —nosotros somos uno”. Si Jesús hubiera querido afirmar que Él y el Padre eran una sola persona, no habría empleado la primera persona del plural, la cual implica claramente la existencia de dos personas.

La palabra griega traducida como “uno” (hen) en este versículo no se refiere a una unidad personal (es decir, a la idea de que el Padre y el Hijo son una sola persona), sino a una unidad de esencia o naturaleza (esto es, a que el Padre y el Hijo comparten la misma naturaleza divina). Esto queda evidenciado por el hecho de que el término griego se encuentra en forma neutra y no masculina. Además, los versículos que preceden y siguen inmediatamente a Juan 10:30 distinguen claramente a Jesús del Padre (véanse Jn. 10:25, 29, 36, 38). El contexto más amplio del Evangelio de Juan establece de manera consistente que el Padre y Jesús son personas distintas (dentro de la unidad del único Dios). Así, se afirma que el Padre envió al Hijo (Jn. 3:16–17), que el Padre y el Hijo se aman mutuamente (Jn. 3:35), que hablan entre sí (Jn. 11:41–42), que constituyen dos testigos distintos (Jn. 5:31, 32, 37), y que el Padre conoce al Hijo del mismo modo en que el Hijo conoce al Padre (Jn. 7:29; 8:55; 10:15).

Cuando Jesús afirmó que quien lo había visto a Él, en realidad había visto al Padre (Jn. 14:7–11), no estaba declarando que Él mismo fuera el Padre. Estos versículos demuestran únicamente que el Padre y el Hijo son uno en cuanto al ser, no que constituyan una sola persona. En este sentido, resulta significativo observar que, en Juan 14:6, Jesús se distingue claramente del Padre al decir: “Nadie viene al Padre sino por mí” (énfasis nuestro). Las preposiciones “a” y “por” carecerían de sentido si Jesús y el Padre fueran la misma persona; solo adquieren coherencia si el Padre y Jesús son personas distintas, siendo Jesús el Mediador entre el Padre y la humanidad. Estos pasajes ponen de manifiesto que Jesús es la revelación perfecta del Padre (Jn. 1:18). Y la razón por la cual Jesús es dicha revelación perfecta es que Él y el Padre, juntamente con el Espíritu Santo, son un solo ser divino indivisible (Jn. 10:30). Así, Jesús, la segunda persona de la Trinidad, es la revelación perfecta del Padre, la primera persona de la Trinidad.

En cuanto a la afirmación de los pentecostales unicitarios de que la palabra griega kai debe traducirse como “mismo” y no como “y” en 1 Corintios 1:3 —de modo que la expresión se lea “el Padre, el mismo Señor Jesucristo”—, tal argumento no resulta convincente. Aunque es cierto que el término griego kai puede traducirse como “mismo” en determinados contextos, es siempre el contexto el que determina la traducción adecuada. Incluso Robert Graves, estudioso pentecostal unicitario, lo reconoce al afirmar que “el contexto determina […] el sentido apropiado”.23 Los eruditos del griego aceptan de manera prácticamente unánime que, en el contexto de 1 Corintios 1:3, kai debe traducirse como “y”, y no como “mismo”. De hecho, la gran mayoría de las ocurrencias de kai en el Nuevo Testamento se traducen como “y” y no como “mismo”. En consecuencia, la carga de la prueba recae sobre los pentecostales unicitarios, quienes tendrían que demostrar que, en 1 Corintios 1:3, el término debe traducirse conforme a su significado derivado (“mismo”) y no a su significado primario (“y”). Además, los versículos que preceden y siguen inmediatamente a 1 Corintios 1:3 señalan claramente la distinción entre el Padre y Jesucristo (cf. 1.2, 4). Contextualmente, por tanto, la interpretación pentecostal unicitario no se ajusta al pasaje.

Los pentecostales unicitarios responden que, cuando Jesús afirmó: “Yo he venido en nombre de mi Padre” (Jn. 5:43), estaba indicando que su nombre es el nombre del Padre. Sin embargo, en este pasaje el término “nombre” se relaciona con el concepto de autoridad. Mientras que muchos actúan en su propia autoridad, Jesús no viene en autoridad propia, sino en la autoridad del Padre. Resulta evidente que este versículo, lejos de sugerir que Jesús sea el Padre, señala precisamente la distinción entre el Padre y Jesús: uno viene en la autoridad del otro.

QUINTO ARGUMENTO: JESÚS ES EL HIJO

En la teología unicitara, “el Hijo” es entendido como otro modo de manifestación del único Dios, Jesús. Los líderes unicitarios no son consistentes en el significado que asignan al término Hijo de Dios. Para ellos, en algunos contextos el término se refiere a la humanidad de Cristo, mientras que en otros alude a Dios manifestado en carne humana. Sin embargo, desde esta perspectiva, el término nunca puede emplearse sin tener en vista la encarnación,24 ni puede utilizarse para referirse exclusivamente a la divinidad.

La Biblia afirma que el Hijo fue “engendrado”. Los teólogos unicitarios razonan que el acto de engendrar implica necesariamente que aquel que fue engendrado tuvo un comienzo en el tiempo. En consecuencia, sostienen que la filiación constituye un modo temporal y transitorio de manifestación. Como ellos mismos expresan: “Las palabras ‘Hijo engendrado’ presuponen un momento en el cual el Hijo aún no había sido engendrado o no existía; de otro modo, el término carecería de sentido en su terminología”.25 El Salmo 2:7 declara: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado”, lo cual, según argumentan, demostraría que la filiación de Cristo tuvo un inicio en el tiempo.26

Contrariamente a la posición unicitaria, la Escritura indica que Cristo es eternamente el Hijo de Dios. Si bien la expresión “Hijo de…” puede referirse a “descendencia de…”, también comunica un significado importante: “de la orden de”.27 Esta expresión se utiliza con frecuencia en ese sentido en el Antiguo Testamento. Así, “hijos de los profetas” significa “de la orden de los profetas” (1 R. 20:35), y “hijos de los cantores” significa “de la orden de los cantores” (Neh. 12:28). De igual manera, la expresión “Hijo de Dios” significa “de la orden de Dios” y constituye una afirmación de la divinidad plena e intacta de Cristo.

Los antiguos semitas y los pueblos orientales empleaban la expresión “Hijo de…” para indicar identidad, semejanza de naturaleza e igualdad de ser.28 Cuando Jesús afirmó ser el Hijo de Dios, sus contemporáneos judíos comprendieron que estaba proclamando ser Dios en sentido absoluto. Por ello insistieron: “Nosotros tenemos una ley, y según nuestra ley, [Jesús] debe morir, porque se hizo Hijo de Dios” (Jn. 19:7; véase también 5:18). Al reconocer que Jesús se identificaba como Dios, los judíos procuraban darle muerte por considerar que había incurrido en blasfemia.

Encontramos evidencias de la filiación eterna de Cristo en el hecho de que Hebreos 1:2 afirma que Dios creó el universo por medio de su “Hijo”, lo cual implica que Cristo ya era el Hijo de Dios antes de la creación. Los pentecostales unicitarios responden a esta afirmación sosteniendo que el Hijo simplemente preexistía en la mente del Padre en el momento de la creación,29 sin embargo, tal explicación resulta tan poco convincente como carente de fundamento. El texto declara de manera inequívoca que el universo fue creado por medio del Hijo. La Escritura afirma explícitamente que Cristo, en cuanto Hijo, existía “antes de todas las cosas” (Col. 1:17; véase especialmente 1:13–14). Jesús, hablando como el Hijo de Dios (Jn. 8:54–56), afirmó su preexistencia eterna antes de Abraham (Jn. 8:58). A la luz de todo ello, la enseñanza bíblica de que el Hijo de Dios fue enviado al mundo implica necesariamente que Él ya era el Hijo antes de ser enviado (véanse Jn. 3:16–17).

Es cierto que la Escritura se refiere a Cristo como el “Hijo unigénito” [es decir, el único engendrado] (Jn. 3:16 en muchas traducciones). Sin embargo, el término unigénito significa “único” o “uno de su clase”. Al respecto, Warfield señala: “El adjetivo ‘unigénito’ comunica la idea no de derivación o subordinación, sino de singularidad y consubstancialidad: Jesús es todo lo que Dios es, y solo Él es así”.30

¿Qué debemos entender del Salmo 2:7, que declara: “Tú eres mi Hijo; yo hoy te he engendrado”? El principio interpretativo fundamental es que la Escritura interpreta la Escritura. Por ello, la manera más adecuada de determinar el significado de Salmo 2.7 es permitir que la propia Escritura aclare su sentido. Conforme a Hechos 13:33–34, este pasaje no se refiere al inicio de la filiación de Jesús, sino a su resurrección. En este sentido, Jesús fue engendrado por el Padre en cuanto fue resucitado por Él.

SEXTO ARGUMENTO: JESÚS ES EL ESPÍRITU SANTO

Los pentecostales unicitarios consideran que existe apoyo bíblico para la idea de que Jesús es el Espíritu Santo. Citan, a tal efecto, 2 Corintios 3:17, donde se afirma: “Ahora bien, el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad”. A partir de este pasaje, Bernard sostiene: “Toda la cristiandad confiesa que Jesús es el Señor, y 2 Corintios 3:17 identifica claramente al Señor como el Espíritu”.31

Además, sostienen que sostienen que Juan 14:26 demuestra que Jesús es el Espíritu Santo. Gary Rugger escribe: “El nombre del Espíritu Santo es Jesús. Jesús dijo: ‘Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas’ (Jn. 14:26, énfasis mío). EnCon base en este pasaje, concluyen que Jesús afirmó que el Espíritu Santo sería enviado en su nombre”.32

En respuesta, los trinitarios señalan que la Escritura distingue claramente entre las personas de Jesús y del Espíritu Santo. La Escritura afirma que el Espíritu Santo descendió sobre Jesús en su bautismo (Lc. 3:22). Además, el Espíritu Santo es presentado como otro Consolador (Jn. 14:16) y procura glorificar a Jesús (Jn. 16:13–14).

En cuanto a la afirmación de 2 Corintios 3.17 de que “el Señor es el Espíritu”, en su contexto el Espíritu Santo es llamado “Señor” no en el sentido de ser Jesús, sino en el de ser Jehová (el Señor Dios; cf. 3:16, que cita Éx. 34:34). Sabemos que este versículo no enseña que Jesús sea el Espíritu Santo, ya que, unos versículos antes, en 2 Corintios 3, el apóstol Pablo distingue claramente entre Jesús y el Espíritu Santo (cf. 3:3–6). Por consiguiente, el contexto inmediato se posiciona en contra del punto de vista pentecostal unicitaria.

De manera similar, resulta incorrecta la interpretación unicitaria de Juan 14:26, según la cual Jesús envió al Espíritu Santo en su nombre en el sentido de que el nombre del Espíritu Santo sea “Jesús”. El versículo no puede ser forzado eiségeticamente33 para sostener tal afirmación. Más bien, el pasaje indica que el Espíritu Santo sería el representante de Jesús, oficialmente designado para actuar en su nombre. Como se ha señalado: “Así como el propio Jesús manifestó la personalidad y el carácter de Dios a los demás, del mismo modo, después de su partida, el Espíritu Santo haría que Cristo fuera una realidad viva para sus seguidores”.34 Desde esta perspectiva, Jesús y el Espíritu Santo son distintos, y uno representa al otro.

SÉPTIMO ARGUMENTO: UNA COMPARACIÓN ENTRE MATEO Y HECHOS PRUEBA QUE JESÚS ES EL PADRE, EL HIJO Y EL ESPÍRITU SANTO

Los pentecostales unicitarios buscan respaldo para su posición modalista al interpretar Mateo 28:19 en conjunto con Hechos 2:38. En Mateo 28:19, Jesús instruyó a los discípulos: “Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (énfasis nuestro). No obstante, en Hechos 2:38 los seguidores de Jesús fueron exhortados a bautizar “en el nombre de Jesús” (énfasis nuestro). A partir de esta comparación, sostienen que la expresión “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” equivale a “en el nombre de Jesús”. En esta línea, Aubrey L. Gard plantea la pregunta: “¿Por qué ‘nombre’ en lugar de ‘nombres’, si se tienen en vista tres personas?”.35 Con base en ello, concluyen que el propio Jesús debe ser el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.36

En contraste con la posición unicitaria, los expositores bíblicos señalan que el término nombre no tiene por qué referirse a una sola persona (cf. Gn. 5:2; 11:4; 48:16). Aunque nombre aparece en singular en Mateo 28:19 —lo cual afirma la existencia de un solo Dios—, el pasaje presenta tres personas distintas dentro de la deidad, como lo evidencia la serie de artículos definidos: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Daniel Wallace, especialista en griego, observa que el uso del artículo definido es común para enfatizar la identidad de una persona.37 A su vez, el teólogo Robert Reymond señala:

Jesús no dice: (1) “en nombres [plural] del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”, ni su equivalente virtual: (2) “en nombre del Padre, y en nombre del Hijo, y en nombre del Espíritu Santo”, como si tuviéramos que tratar con tres Seres separados. Tampoco dice: (3) “en nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo” (omitiendo los tres artículos repetidos), como si “el Padre, Hijo y Espíritu Santo” pudieran considerarse simplemente tres designaciones de una única persona. Lo que dice es lo siguiente: (4) “en nombre [singular] del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (énfasis mío), afirmando primero la unidad de los tres al combinarlos dentro de los límites del único Nombre y, luego, destacando la distinción de cada uno al presentarlos, uno por uno, con el artículo repetido.38

En este punto, prácticamente no existe indicio alguno en Mateo 28:19 de que Jesús se estuviera refiriendo de manera esotérica o enigmática a sí mismo mediante las expresiones “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”. A lo largo de la historia de la iglesia, los teólogos y exegetas griegos han interpretado este versículo de forma uniforme, sosteniendo que se refiere a las tres personas de la trinidad y no a tres designaciones o títulos de la persona de Jesucristo. Sugerir que todos los teólogos y exegetas griegos a lo largo de la historia de la iglesia han estado equivocados respecto de este pasaje, y que solo los pentecostales unicitarios —de aparición relativamente reciente— lo han comprendido correctamente, constituiría una muestra extrema de arrogancia humana.

Desde una perspectiva contextual, un bautismo “en el nombre de Jesús” resulta coherente en el marco de Hechos 2, puesto que los judíos (“los varones judíos”, 2:14, y “los varones israelitas”, 2:22) a quienes Pedro dirigía su predicación habían rechazado a Cristo como Mesías. Por ello, es razonable que Pedro los exhortara a arrepentirse de haber rechazado a Jesús, el Mesías, y a identificarse públicamente con Él mediante el bautismo.

OCTAVO ARGUMENTO: LA TRINIDAD ESTÁ ENRAIZADA EN EL PAGANISMO

Los pentecostales unicitarios afirman que “la trinidad es de ascendencia pagana y filosófica, y fue injertada y acomodada dentro de la teología cristiana”.39 Además, sostienen que “la deidad suprema en casi todas las naciones paganas era trina”.40

Sin embargo, este argumento es débil, pues las naciones paganas creían en tríadas de dioses que encabezaban un panteón de muchas otras deidades. Tal sistema religioso de tríada/panteón constituía politeísmo, lo cual es —obviamente— completamente distinto de la doctrina de la trinidad, que sostiene la existencia de un solo Dios (monoteísmo) con tres personas dentro de la única divinidad.

Es interesante notar que los pueblos paganos también enseñaban el concepto de un creador. Enseñaban, además, la idea de un gran diluvio que destruyó a gran parte de la humanidad, así como la noción de una figura semejante al Mesías (llamada Tamuz) que habría sido “resucitada”. Si los pentecostales unicitarios fueran coherentes en su razonamiento, tendrían que rechazar al Creador, el Diluvio, el Mesías y la resurrección, puesto que existen paralelos superficiales de estos conceptos en las religiones paganas.

El punto en cuestión es el siguiente: el hecho de que los paganos hayan hablado de un concepto remotamente parecido a algo que se encuentra en las Escrituras no implica que dicho concepto haya sido tomado de ellos. Como observa acertadamente Cal Beisner, el modalismo del pentecostalismo unicitario “se asemeja más a ciertas creencias religiosas paganas (como la noción hindú de Dios como Brahmán [el absoluto e indivisible Uno], revelado en tres modos: Brahmá [creador], Visnú [preservador] y Shiva [destructor])”.41

NOVENO ARGUMENTO: LA PALABRA TRINIDAD NI SIQUIERA APARECE EN LA BIBLIA

Los pentecostales unicitarios argumentan que el término trinidad no aparece en la Biblia. Afirman que “el problema que enfrenta el trinitario es que no existe indicación de un trinitarismo desarrollado en el Nuevo Testamento, y que muchos intentan superar esta dificultad sosteniendo que el trinitarismo fue creído de manera implícita”.42

A este respecto, el hecho de que la palabra trinidad no aparezca en la Biblia no implica que la trinidad no sea bíblica. Aunque el término no figure explícitamente en la Escritura, el concepto sí se encuentra claramente presente. Como se ha señalado: “El hecho de que la Biblia no use la palabra trinidad (u otro término) no es una prueba contra el trinitarismo, así como la ausencia de la palabra unidad en la Biblia no es una prueba contra la teología unicitaria. Cuando los escritores unicitarios argumentan de esta manera, incurren siempre en una defensa especial”.43 Cabe notar, además, que los pentecostales unicitarios también recurren a expresiones como “modos” y “manifestaciones” de Dios, términos que tampoco aparecen en la Biblia.

Es cierto que los trinitarios sostienen que la trinidad es una doctrina implícita. No obstante, enfatizan que dicha doctrina implícita se encuentra sólidamente fundada en verdades explícitas del Antiguo y del Nuevo Testamento, expuestas a lo largo de este capítulo: (1) existe un solo Dios (por ejemplo, Dt. 6:4; Is. 44:6; Jn. 5:44; 1 Co. 8:4; 1 Ti. 2:5; Stg. 2:19); (2) el Padre es Dios (por ejemplo, Jn. 6:27; Ro. 1:7; Gá. 1:1; 1 P. 1:2); (3) Jesús es Dios (Tit. 2:13; Heb. 1:8; cf. Jn. 8:58; Éx. 3:14); (4) el Espíritu Santo es Dios (Gn. 1:2; Éx. 31:3; Sal. 139:7–9; Ez. 11:24; Hch. 5:3–4; Ro. 8:9, 14; 1 Jn. 4:2); (5) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son distintos entre sí (Mt. 28:19); y (6) el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se involucran en relaciones yo–tú, lo cual indica que son personas (Jn. 3:35; 11:41–42; Hch. 8:29).

A partir de estos hechos teológicamente claros, derivados de las páginas de la Escritura, resulta legítimo emplear el término trinidad como una forma abreviada de referirse a la enseñanza bíblica de tres personas en un solo Dios. En su libro The Forgotten Trinity (La Trinidad olvidada), James White plantea la siguiente pregunta: “Si creo en todo lo que la Biblia dice sobre un determinado asunto y utilizo un término que no se encuentra en la Biblia para describir la enseñanza integral de la Escritura acerca de ese punto, ¿no estoy siendo más fiel a la Palabra que alguien que se limita únicamente a términos bíblicos, pero rechaza algunos aspectos de la revelación de Dios?”.44 Se trata de una cuestión de gran importancia que los pentecostales unicitarios harían bien en considerar.

Notas de pie

  1. David Bernard, The Oneness of God (Hazelwood, MO: Word Aflame, 1983), p. 15. ↩︎
  2. Calvin Beisner, “Jesus Only” Churches (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1998), p. 70. ↩︎
  3. David Bernard, The Oneness View of Jesus Christ (Hazelwood, MO: Word Aflame, 1994), p. 142 ↩︎
  4. Gary Rugger, The Oneness of God (Bakersfield, CA: Rugger, 2003), p. 25. ↩︎
  5. Bernard, The Oneness of God, p. 66. ↩︎
  6. Bernard, The Oneness View of Jesus Christ, p. 11. ↩︎
  7. Ibid., p. 12. ↩︎
  8. Jeffrey Spencer e Steve Bright, “Dakes Dangerous Doctrines”, Christian Research Journal, vol. 27, n° 5 (2004). ↩︎
  9. David Bernard, Essentials of Oneness Theology (Hazelwood, MO: Word Aflame, 2001), p. 8. ↩︎
  10. Ibid., pp. 8, 9. ↩︎
  11. Benjamin Warfield, Biblical and Theological Studies (Phillipsburg, NJ: P&R, 1968), p. 30. ↩︎
  12. Bernard, Essentials of Oneness Theology, p. 10. ↩︎
  13. Rugger, The Oneness of God, p. 26. ↩︎
  14. Bernard, The Oneness of God, p. 289. ↩︎
  15. Rugger, The Oneness of God, p. 15. ↩︎
  16. L. Aubrey Gard, Three? Two? The One True God (Twin Falls, ID: s.n., s.d.), p. 63. ↩︎
  17. Rugger, The Oneness of God, p. 10. ↩︎
  18. Véase el análisis en Kenneth Reeves, The Godhead (St. Louis: Trio, 1999), pp. 79, 85; véase también Gard, Three? Two? The One True God, p. 64. ↩︎
  19. Gordon Magee, Is Jesus in the Godhead or Is the Godhead in Jesus? (Hazelwood, MO: Word Aflame Press, 1988), p. 15. ↩︎
  20. Gard, Three? Two? The One True God, p. 70. ↩︎
  21. Albert Barnes, Notes on the Old Testament: Isaiah (Grand Rapids, MI: Baker, 1977), p. 193. ↩︎
  22. J. F. Stenning, The Targum of Isaiah (London: Oxford, 1949), p. 32. ↩︎
  23. Robert Graves, The God of Two Testaments (Hazelwood, MO: Graves and Turner, 1977), p. 52. ↩︎
  24. Bemard, The Oneness View of Jesus Christ, p. 17. ↩︎
  25. Gard, Three? Two? The One True God, p. 54. ↩︎
  26. Bemard, The Oneness View of Jesus Christ, p. 69. ↩︎
  27. James Buswell, A Systematic Theology of the Christian Religion, vol. 1 (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1979), p. 105. ↩︎
  28. Charles Ryrie, Basic Theology (Wheaton, IL: Victor, 1986), p. 248 ↩︎
  29. Bernard, The Oneness View of Jesus Christ, p. 55. ↩︎
  30. Benjamin Warfield, The Person and Work of Christ (Philadelphia: P & R, 1950), p. 56. ↩︎
  31. Bernard, The Oneness View of Jesus Christ, p. 62. ↩︎
  32. Rugger, The Oneness of God, p. 29. ↩︎
  33. La eiségesis se refiere a imponer al texto un significado que no posee. Significa leer un significado dentro del texto, en lugar de derivar el significado a partir del texto mismo. ↩︎
  34. Zondervan NIV Bible Commentary, editores Kenneth Barker y John Kohlenberger, vol. 2 (Grand Rapids, MI: Zondervan, 1994), p. 349. ↩︎
  35. Gard, Threet Two? The One True God, p. 172. ↩︎
  36. Thomas Weisser, “Was the Early Church Oneness or Trinitarian?”, en: Symposium on Oneness Pentecostalism 1986 (St. Louis: UPCI, 1986), p. 57. ↩︎
  37. Daniel Wallace, The Basics o f New Testament Syntax (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2000), p. 94. ↩︎
  38. Robert Reymond, Jesus, Divine Messiah: The New Testament Witness (Phillipsbure, NI: P & R, 1990), p. 84. ↩︎
  39. William Chalfànt, “The Origin of the Trinity”, en: Symposium on Oneness Pentecostalism 1986, p. 80. ↩︎
  40. Ibid. ↩︎
  41. Beisner, “Jesus Only” Churches, p. 39. ↩︎
  42. Thomas Weisser, “Was the Early Church Oneness or Trinitarian?”, p. 61. ↩︎
  43. Beisner, “Jesus Only“ Churches, p. 38. ↩︎
  44. James White, The Forgotten Trinity (Minneapolis: Bethany House, 1998), p. 29. ↩︎

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Mi nombre es Oscar Valdez, pastor y maestro pentecostal. Este sitio es para edificar en temas bíblicos desde la perspectiva pentecostal, arminiana y dispensacional.