LA DEPRAVACIÓN TOTAL Y LA GRACIA PREVENIENTE: WESLEY FRENTE AL CALVINISMO

Una reflexión sobre la capacidad humana de responder a Dios: depravación total y gracia preveniente.

El presente artículo tiene como propósito explorar la doctrina de la depravación total y su respuesta wesleyana-arminiana en la gracia preveniente, entendida como la provisión universal de Dios para una humanidad caída. Examinaremos sus raíces en la controversia agustiniano-pelagiana, su formulación específica en la teología de John Wesley, su contraste deliberado con la doctrina calvinista de la gracia irresistible, y su consolidación en la categoría del sinergismo evangélico. Para ello, nos apoyaremos en las obras académicas de Kenneth J. Collins, Mildred Bangs Wynkoop, Thomas C. Oden, Thomas H. McCall y W. Brian Shelton, cinco de los teólogos más importantes de esta tradición en el mundo Wesleyano.[1]

La depravación total no es, para Wesley, una descripción de la condición presente del ser humano, sino una verdad doctrinal sobre lo que el ser humano sería sin la gracia que ya lo alcanzó.

I. EL PROBLEMA TEOLÓGICO

¿Es el ser humano caído capaz de responder a Dios? Esta pregunta, aparentemente sencilla, ha dividido a la teología protestante desde el siglo XVII. El calvinismo responde con un no rotundo: la depravación total deja al hombre completamente incapaz de cualquier movimiento hacia Dios, y solo una gracia irresistible, otorgada únicamente a los elegidos, puede regenerar el corazón antes de que exista fe alguna. John Wesley, heredero teológico de Jacobo Arminio, afirmó la depravación total del ser humano con la misma seriedad doctrinal que cualquier calvinista de su época, pero llegó a una conclusión radicalmente distinta sobre lo que Dios hace, en realidad, con esa condición.

Como advierte Thomas H. McCall en su estudio sobre el pecado original en la teología wesleyana, existe una confusión generalizada tanto entre detractores como defensores del wesleyanismo, sobre si Wesley en verdad sostuvo la depravación total, si más bien creía en el libre albedrío, o si su sistema termina siendo una forma disimulada de semipelagianismo.[2] La respuesta corta, según McCall, es simplemente no, pero una respuesta completa exige examinar con cuidado tanto la doctrina del pecado como la doctrina de la gracia que Wesley desarrolló en conjunto, nunca por separado.

II. EL TRASFONDO HISTÓRICO: AGUSTÍN Y PELAGIO

Para comprender el lugar de Wesley en esta controversia, es necesario remontarse a sus orígenes patrísticos. Mildred Bangs Wynkoop señala que Agustín de Hipona sostuvo el valor humano en contra del concepto maniqueo de la degradación total de la naturaleza, pero al mismo tiempo afirmó la depravación humana en oposición directa a Pelagio, quien «ultraidealizaba la capacidad de la naturaleza humana».[3] El contraste entre las posturas de Pelagio y Agustín, advierte Wynkoop, creó una tensión exagerada en la cual ambos hombres, en el fervor de la controversia, terminaron defendiendo posiciones más extremas de lo que hubieran sostenido en circunstancias normales.[4]

De esta tensión histórica nacieron corrientes contradictorias dentro del cristianismo occidental: la autoridad eclesiástica sobre la cual se edificó el catolicismo romano, su misticismo sacramental, y la doctrina de la gracia que más tarde caracterizaría al protestantismo de la Reforma.[5] Wesley hereda esta tensión y la resuelve de una manera particular, ni puramente agustiniana en su pesimismo antropológico ni pelagiana en su optimismo, sino mediante una síntesis original que la posteridad llamaría gracia preveniente.

III. WESLEY Y LA DEPRAVACIÓN TOTAL: MÁS AGUSTINO DE LO QUE MUCHOS PIENSAN

Wesley no suavizó jamás su doctrina del pecado original. En su tratado más extenso dedicado precisamente a esta doctrina, Wesley describió a la humanidad caída como «llena de toda clase de mal», «totalmente caída» y «totalmente corrompida».[6] En su sermón sobre el pecado original, formuló la prueba decisiva de ortodoxia con palabras que se convirtieron en el título mismo del estudio de McCall:

«¿Está el hombre, por naturaleza, lleno de toda clase de mal? ¿Está vacío de todo bien? ¿Está totalmente caído? ¿Está su alma totalmente corrompida? […] Concede esto, y hasta aquí eres cristiano. Niégalo, y no eres más que un pagano.»[7]

Wesley defendió además, la noción federal de la caída tomada de la tradición reformada: el pacto hecho con Adán «como persona pública, no solo para sí mismo, sino para su posteridad», de manera que «toda la humanidad descendiente de él por generación ordinaria, pecó con él, y cayó con él en aquella primera transgresión».[8] Su razón principal para sostener esta posición era cristológica: así como Adán fue figura representativa de toda la humanidad en la caída, Cristo es representante de toda la humanidad en la redención. Esta correspondencia entre las dos cabezas federales sostiene, precisamente, su doctrina de la expiación universal.[9]

Kenneth Collins confirma esta lectura al señalar que Wesley, en su sermón «Sobre la obra de nuestra propia salvación», insiste en que «en su corazón todavía hay ‘maldad, sólo maldad’, y eso continuamente».[10] No hay, en la teología de Wesley, ninguna minimización retórica del pecado original. La depravación es total, universal e inescapable por medios naturales.

IV. LA DIFERENCIA NO ESTÁ EN LA DEPRAVACIÓN, SINO EN LA GRACIA

Si Wesley coincide con Calvino en la severidad de la caída, ¿dónde está entonces la diferencia? Collins lo explica con precisión: la similitud entre la doctrina wesleyana del pecado original y la occidental es real, «pero al examinarla más de cerca, hay diferencias importantes que se deben en gran medida a diferentes concepciones de la gracia».[11]

Aquí está el giro decisivo. Cuando Wesley emplea el vocabulario de la depravación total, se refiere a lo que él llama «el hombre natural», es decir, una persona completamente desprovista de la gracia de Dios. Pero advierte Wesley de inmediato, esa persona no existe en la realidad:

«No hay ningún hombre que se encuentre en un estado de mera naturaleza; no hay ningún hombre que, a menos que haya apagado el Espíritu, esté totalmente desprovisto de la gracia de Dios. Ningún hombre viviente está completamente desprovisto de lo que vulgarmente se llama ‘conciencia natural’. Pero esto no es natural; se denomina más propiamente ‘gracia que impide’.»[12]

Umphrey Lee, citado por Collins, señaló con acierto que para Wesley el «hombre natural» es una abstracción lógica que no corresponde a ningún ser humano real: «En este mundo, el hombre existe como un hombre natural más la gracia preveniente de Dios».[13] La depravación total, en otras palabras, es una verdad doctrinal sobre lo que el ser humano sería sin la gracia, no una descripción de su condición presente, porque la gracia ya llegó primero.

V. LA RESPUESTA CALVINISTA: GRACIA IRRESISTIBLE PARA LOS ELIGIDOS

El calvinismo resuelve el mismo problema de manera distinta. Wynkoop lo resume así: para el calvinismo, «la voluntad del hombre es movida por gracia anterior a la consciencia que de ella puede tener, e independientemente de ella. La regeneración precede a toda fe y obediencia y se aplica sólo a los electos».[14] La salvación, en este sistema, es monergista: solo Dios actúa, de principio a fin, sin participación alguna de la voluntad humana caída, y esa acción se limita a quienes fueron elegidos incondicionalmente desde la eternidad. El resto de la humanidad permanece en su depravación, sin provisión real de gracia capacitadora.

VI. LA RESPUESTA WESLEYANA: LA GRACIA PREVENIENTE

Frente a esto, Wynkoop articula la alternativa wesleyana citando directamente el sermón de Wesley «Gracia Libre»: «la gracia, o el amor de Dios, de donde proviene nuestra salvación, es libre en todos y gratis para todos».[15] La gracia salvadora, explica, comienza con la gracia preveniente que se extiende a todos los seres humanos sin excepción. Y entonces llega la frase que mejor resume toda la doctrina, tomada del sermón «Obrando Nuestra Propia Salvación»: «Ningún hombre peca porque carece de gracia, sino porque no usa la que tiene».[16]

Thomas C. Oden ofrece una definición técnica precisa de esta gracia: «Es la gracia que comienza a habilitar a una persona para elegir cooperar, además, con la gracia salvadora. Al ofrecer a la voluntad la capacidad restaurada de responder a la gracia, la persona puede entonces, libre y crecientemente, convertirse en un participante activo y dispuesto».[17] Oden la compara con la primera marcha de un motor: no lleva por sí sola al destino final, pero es la que saca al alma de la inercia total y la pone en movimiento hacia Dios.[18]

Wesley mismo describió el contenido concreto de esta gracia inicial:

«La salvación comienza con lo que se suele llamar, y muy apropiadamente, ‘gracia preveniente’, que incluye el primer deseo de agradar a Dios, el primer amanecer de luz sobre su voluntad, y la primera convicción leve y pasajera de haber pecado contra Él.»[19]

Esta gracia, insiste Wesley apoyado en Juan 1:9, no depende de la geografía, la cultura ni el mérito: «Todo hombre tiene una medida mayor o menor de esto, que no espera el llamado del hombre».[20] Wynkoop lo confirma con una aplicación pastoral directa: «Los paganos tienen una medida de gracia. El poder para resistir la gracia es de gracia. También lo es el poder para no pecar».[21]

VII. LOS CINCO BENEFICIOS DE LA GRACIA PREVENIENTE

Collins identifica, a partir de los propios escritos de Wesley, cinco beneficios concretos que la gracia preveniente transmite a toda la humanidad, mitigando así algunos de los peores efectos de la caída sin todavía salvar a nadie.[22] En primer lugar, un conocimiento básico de los atributos de Dios, revelado a todos los hombres y mujeres a través de la intervención preveniente del Espíritu Santo, de modo que ninguna persona queda en estado natural sin conocimiento alguno de lo divino.[23] En segundo lugar, una reinscripción parcial de la ley moral en el corazón humano: Wesley enseña que aunque el hombre quebrantó la ley original «casi la borró de su corazón», Dios «en cierta medida volvió a inscribir la ley en el corazón de su criatura oscura y pecadora».[24]

En tercer lugar, la conciencia misma, que Wesley describe como «un juez interior que dicta sentencia tanto sobre sus pasiones como sobre sus acciones», no es de origen natural sino «un don sobrenatural de Dios, por encima de todos sus dones naturales».[25] En cuarto lugar, una medida de libre albedrío gentilmente restaurada: Wesley niega de manera explícita el libre albedrío natural, afirmando en cambio que «hay una medida de libre albedrío restaurada sobrenaturalmente a cada hombre, junto con esa luz sobrenatural que ilumina a todo hombre que viene al mundo».[26] En quinto lugar, la restricción misma de la maldad en el mundo, que impide que el pecado humano alcance su máxima expresión destructiva en cada generación.

Es importante notar, como advierte Collins citando a Charles Rogers, que estos beneficios no deben interpretarse simplemente bajo un paradigma sinérgico general en el cual el hombre no regenerado, mediante la gracia preveniente, simplemente «coopera» con Dios como dos socios iguales. Rogers advierte contra esta lectura superficial, e insiste en que la tarea teológica es precisamente «demostrar lo inadecuado de esta interpretación».[27] Wesley buscaba en palabras de Collins, una tercera alternativa que «mantendría la causalidad soberana de la gracia pero evitaría el determinismo divino».[28]

VIII. EL PRECEDENTE DE CASIANO Y EL PELIGRO DEL SEMIPELAGIANISMO

Collins traza una genealogía teológica reveladora al comparar la posición de Wesley con la de Juan Casiano, el monje que fundó dos monasterios cerca de Marsella y cuyas Instituciones influyeron sobre la Regla benedictina. Casiano intentó, igual que Wesley siglos después, encontrar un compromiso entre Agustín y Pelagio, sosteniendo que aunque todas las personas son pecadoras por la caída, sus voluntades están debilitadas pero no totalmente corrompidas, de manera que son «lo suficientemente libres para cooperar con la gracia».[29] Esta enseñanza fue condenada en el Sínodo de Orange en el año 529, en favor de una versión agustiniana modificada, y la tradición católica que la sostuvo fue juzgada como «semipelagiana en sus creencias».[30]

¿Por qué entonces Wesley escapa de esta misma condenación? Collins responde que lo que mantuvo la teología de Wesley alejada del semipelagianismo, por un lado, y del determinismo calvinista por el otro, fue precisamente su insistencia en que la medida de libre albedrío restaurada en el ser humano no es natural ni inherente, sino «restaurada sobrenaturalmente por el Espíritu Santo, basada en la obra de Cristo, a todas las personas que, aparte de tal restauración, no son libres, soteriológicamente hablando».[31] La diferencia, sutil pero decisiva, es esta: para Casiano la libertad de cooperar nunca se perdió del todo; para Wesley, esa libertad se perdió por completo y debe ser, en cada persona, sobrenaturalmente devuelta.

IX. SI ESTAMOS TOTALMENTE DEPRAVADOS, ¿CÓMO PODEMOS RESPONDER A DIOS?

Esta es la pregunta que con más frecuencia confunde tanto a críticos como a creyentes sinceros, y la respuesta wesleyana, a la luz de todo lo anterior, puede formularse con precisión: no respondemos a Dios por una capacidad natural que nos quedó después de la caída, porque ninguna quedó. Respondemos porque la gracia preveniente ya restauró en nosotros, de antemano, la capacidad misma de responder.

Wesley resumió esta dinámica con una fórmula que se ha vuelto clásica en la teología wesleyana: «Primero, Dios obra, por lo tanto tú puedes obrar. Segundo, Dios obra, por lo tanto tú debes obrar.»[32] Dios no espera a que el pecador por su propio esfuerzo, encuentre la luz. Dios mismo coloca esa luz en la conciencia de cada persona, despierta el primer temor reverente, el primer destello de convicción de pecado, el primer impulso genuino hacia el arrepentimiento. Esa capacidad de respuesta no es nuestra por naturaleza, sino un don de la gracia que ya nos alcanzó antes de que lo supiéramos.

Por eso cuando alguien ora por primera vez, cuando siente convicción genuina de pecado, cuando busca a Dios con sinceridad aun sin entender plenamente lo que busca, esa misma búsqueda ya es evidencia de que la gracia de Dios está obrando previamente en su vida. El ser humano no inicia el proceso de salvación; Dios lo inicia siempre. El ser humano simplemente responde, con una libertad que la gracia misma le devolvió, a lo que Dios ya comenzó.

Por eso podemos orar, podemos buscar, podemos decir «sí» a Dios, no porque la depravación total sea falsa, sino porque la gracia preveniente ya actuó primero y nos hizo capaces.

X. SINERGISMO EVANGÉLICO, NO MÉRITO HUMANO

Aquí entra una distinción teológica indispensable: monergismo y sinergismo. El calvinismo es monergista de principio a fin, como se describió arriba: tanto el otorgamiento de la gracia como la respuesta de fe son obra exclusiva de Dios en los elegidos. La posición arminiano-wesleyana es más matizada de lo que muchos críticos calvinistas suponen, y aquí Shelton ofrece una precisión importante que no debe pasarse por alto.

Shelton observa que el otorgamiento mismo de la gracia preveniente es en sí mismo, un acto monergista: unilateral, inevitable y no condicionado por ninguna cualidad, mérito o disposición del receptor. Citando el propio testimonio de Wesley, «todo hombre tiene una medida mayor o menor de esto, que no espera el llamado del hombre»,[33] Shelton concluye que «este efecto inevitable, unilateral y monergista de Dios» es lo que permite a Kenneth Collins afirmar que «Wesley destacó la pura gracia, la absoluta benevolencia, la iniciativa necesaria, de un Dios amoroso de una manera notablemente similar a la de Juan Calvino».[34] En este sentido estrecho, Dios actúa solo, sin ninguna cooperación humana previa, para restaurar en cada persona la capacidad misma de responder.

Pero esa restauración monergista de la capacidad no es la salvación misma, sino su precondición. Es a partir de esa capacidad restaurada, y solo a partir de ella, que surge lo que Shelton llama, citando a Roger Olson, el «sinergismo evangélico»: «Roger Olson resucita el término de Arminio ‘sinergismo evangélico’ para describir el esfuerzo cooperativo iniciado divinamente, con el fin de distinguirlo de la forma semi-pelagiana de sinergismo».[35] Y añade: «Así, puede encontrarse una sinergia evangélica en todas las personas. La capacidad y el poder para tomar una buena decisión, creer en Cristo y arrepentirse del pecado, ahora pertenecen a cada persona, gracias a la gracia de Dios.»[36]

La fórmula completa, entonces, es esta: un acto inicial monergista de Dios (la gracia preveniente, otorgada unilateralmente a todos) hace posible una sinergia evangélica subsiguiente (la respuesta humana de fe). No hay en ningún punto del proceso mérito humano ni cooperación previa a la gracia. El monergismo wesleyano y el calvinista, advierte Shelton, coinciden en la gratuidad absoluta del primer movimiento divino; divergen en su alcance, porque para Wesley esa gracia inicial restauradora se otorga universalmente a toda persona, mientras que para Calvino la gracia irresistible que regenera se limita exclusivamente a los elegidos.[37]

Collins matiza este sinergismo con una observación crucial que protege a Wesley de caer en un cooperativismo simplista. Wesley, advierte Collins, no debe ser malinterpretado «como si apenas fuera más allá de la noción de sinergismo».[38] Su teología, «conjuntiva» en el mejor sentido, incluye tanto la cooperación de la gracia como la prioridad absoluta de la acción divina, sola gratia, sola fide, propia del énfasis protestante. Collins lo resume así: «No simplemente la gracia cooperante, sino la conjunción de la gracia cooperante y la gracia libre.»[39] No hay, en ningún punto del proceso, mérito humano. Hay únicamente una voluntad restaurada que puede decir «sí» o «no» a lo que Dios ya inició, sostuvo y hace posible.

XI. EL CONTRASTE CON LA TRADICIÓN ORIENTAL

Collins ofrece todavía una distinción útil que aclara la posición particular de Wesley dentro de la historia de la doctrina. Los Padres orientales, explica citando a Randy Maddox, sostenían que la caída no privó al ser humano de toda gracia ni de la responsabilidad de cooperar con la oferta divina de sanidad: «la Caída nos hizo propensos al pecado, pero no incapaces de cooperar con la oferta de sanación de Dios».[40] Wesley llega a una conclusión final similar, una humanidad capacitada para recibir y responder a la gracia, pero por una ruta teológica distinta. Precisamente porque Wesley afirmó, junto con la tradición agustiniana occidental, la devastación total del pecado original aparte de toda gracia, Dios debe actuar no solo como iniciador, sino como «causa soberana de restaurar la gracia» antes de que pueda resurgir cualquier capacidad de respuesta.[41] Para los orientales, la caída deja intacta la capacidad de respuesta. Para Wesley, esa capacidad debe ser primero, soberanamente, restaurada.

XII. LA DIFERENCIA CENTRAL FRENTE AL CALVINISMO

El calvinismo concentra la soberanía de Dios en la elección incondicional de unos pocos. El arminianismo-wesleyano concentra la soberanía de Dios en la amplitud universal de su gracia, ofrecida genuinamente a toda persona sin excepción, «gratuita para todos, no limitada a los accidentes de la geografía o la cultura», como lo expresa Collins parafraseando a Wesley.[42] Dios no elige arbitrariamente a quién capacitar para responder; Dios capacita a todos y espera, como un Padre que corre al camino, una respuesta del corazón humano que Él mismo hizo posible.

Esto no le resta gloria a Dios. Se la concede de una manera distinta: Dios es glorificado no porque obligue irresistiblemente a unos pocos, sino porque ama lo suficiente como para capacitar primero, universalmente, y después invitar.

XIII. DOS USOS DE LA GRACIA PREVENIENTE EN WESLEY

Antes de concluir, conviene precisar un matiz académico que Collins recoge de Albert Outler y que evita malentendidos frecuentes sobre esta doctrina. Outler distinguió no uno, sino dos usos distintos del término «gracia preveniente» en los escritos de Wesley.[43] El primer uso, llamado «estrecho», se refiere a todos los grados de gracia que preceden específicamente a la gracia justificante y santificadora; este es el sentido que surgió de los acalorados debates entre calvinistas y arminianos en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII, en los cuales los arminianos apelaban a la preveniencia para evitar la conclusión calvinista de que una doctrina seria del pecado original exigía necesariamente la predestinación incondicional.[44]

El segundo uso, llamado «amplio», considera toda gracia como preveniente, en el sentido de que enfatiza la actividad previa de Dios y la respuesta humana en cada medida de gracia, ya sea convenciendo, justificando, regenerando o santificando enteramente.[45] Collins advierte que, en la inmensa mayoría de los casos en que Wesley emplea el término en sus propios escritos, lo hace en el sentido estricto, no en el amplio.[46] Esta precisión es importante porque protege la doctrina de convertirse en una fórmula vaga que explica todo y por lo tanto, no explica nada en particular. La gracia preveniente, en sentido estricto, «no hace a nadie santo, propiamente hablando»; apunta más allá de sí misma, hacia las gracias redentoras del favor justificador y el poder regenerador de Dios.[47]

XIV. IMPLICACIONES PASTORALES PARA LA IGLESIA CONTEMPORÁNEA

Esta doctrina tiene consecuencias prácticas profundas para el ministerio y la predicación. Si la gracia preveniente verdaderamente alcanza a toda persona, incluyendo, como Wesley mismo escribió, a «todo mahometano, todo pagano, hasta el más vil de los salvajes»,[48] entonces ningún ser humano sobre la faz de la tierra está completamente fuera del alcance de la obra silenciosa del Espíritu Santo. Esto transforma la manera en que la Iglesia se aproxima a la evangelización: no se trata de llevar a Dios a personas de las cuales Él está ausente, sino de cooperar con una obra que Dios ya inició en cada corazón humano, despertando la conciencia, sembrando convicción, encendiendo el primer deseo de buscarlo.

Esta convicción también protege a la Iglesia de dos extremos pastorales igualmente dañinos. Por un lado, evita el fatalismo evangelístico que asume que solo «los elegidos» responderán, lo cual puede debilitar la urgencia y la compasión en la proclamación del evangelio a quienes parecen más alejados de Dios. Por otro lado, evita el optimismo antropológico ingenuo que subestima la gravedad real del pecado y trata la conversión como una simple decisión humana sin necesidad de la obra previa, indispensable y soberana del Espíritu Santo. La gracia preveniente sostiene ambas verdades en tensión saludable: el pecado es total, pero la gracia de Dios llegó antes y llegó a todos.

Finalmente, esta doctrina ofrece un consuelo pastoral genuino a quien batalla con la duda o la culpa de no sentir que «merece» la salvación. El mensaje wesleyano es liberador precisamente porque elimina toda noción de mérito: nadie busca a Dios por su propia capacidad natural, sino porque la gracia ya lo capacitó para buscar. El primer paso de fe, por pequeño y vacilante que sea, ya es evidencia de que Dios ha estado obrando primero.

CONCLUSIÓN

De Agustín y Pelagio en el norte de África del siglo V, a Casiano en los monasterios de Marsella, al Sínodo de Orange en el año 529, a Arminio en la Holanda del siglo XVII, hasta John Wesley en los campos de reunión del metodismo inglés del siglo XVIII, una misma pregunta ha perseguido a la Iglesia a través de los siglos: ¿qué puede hacer un ser humano caído frente a Dios? La respuesta wesleyana, forjada en el crisol de esta larga controversia, no diluye la gravedad del pecado ni exalta una capacidad humana inexistente. Afirma, con la misma seriedad que cualquier calvinista, que el hombre natural está total y verdaderamente perdido. Pero afirma, con igual convicción, que ningún hombre natural existe ya, porque la gracia de Dios, libre y universal, llegó primero a cada corazón.

Notas al pie

[1] Collins, Kenneth J., La Teología de Juan Wesley (traducción al español); Wynkoop, Mildred Bangs, Bases Teológicas de Arminio y Wesley; Oden, Thomas C., John Wesley’s Scriptural Christianity: A Plain Exposition of His Teaching on Christian Doctrine, Zondervan, 1994; McCall, Thomas H., «»But a Heathen Still»: The Doctrine of Original Sin in Wesleyan Theology», en Adam, the Fall, and Original Sin, editado por Hans Madueme y Michael Reeves, Baker Academic, 2014; Shelton, W. Brian, Prevenient Grace: God’s Provision for Fallen Humanity, Warner Press, 2014.

[2] McCall, «»But a Heathen Still»», p. 147.

[3] Wynkoop, Bases Teológicas de Arminio y Wesley, «Antecedentes de la Doctrina».

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] McCall, «»But a Heathen Still»», p. 148, citando a Wesley, «Original Sin», en Wesley’s 52 Standard Sermons, Schmul Publishing, 1988, p. 456.

[7] Ibid., p. 149.

[8] Ibid., citando a Wesley, «The Doctrine of Original Sin», en The Works of John Wesley, vol. 9, Zondervan, pp. 261-62.

[9] Ibid.

[10] Collins, La Teología de Juan Wesley, cap. sobre la depravación total.

[11] Ibid.

[12] Ibid., citando a Wesley, sermón «Sobre la obra de nuestra propia salvación».

[13] Ibid., citando a Umphrey Lee.

[14] Wynkoop, Bases Teológicas, «Tensiones Teológicas», p. 104.

[15] Ibid., citando el sermón de Wesley «Free Grace» (Gracia Libre).

[16] Ibid., citando el sermón de Wesley «Working Out our Own Salvation» (Obrando Nuestra Propia Salvación).

[17] Oden, John Wesley’s Scriptural Christianity, sección «Defining Prevenient Grace».

[18] Ibid.

[19] Collins, La Teología de Juan Wesley, cap. sobre la gracia preveniente.

[20] Ibid.

[21] Wynkoop, Bases Teológicas, p. 104.

[22] Collins, La Teología de Juan Wesley, cap. «Los beneficios de la gracia preveniente».

[23] Ibid.

[24] Ibid., citando a Wesley.

[25] Ibid., citando los sermones «El camino de salvación por las Escrituras» y «Sobre la conciencia».

[26] Ibid., citando a Wesley, «La predestinación considerada con calma» (1752).

[27] Ibid., citando a Charles Rogers.

[28] Ibid.

[29] Ibid., citando a H. Orton Wiley sobre Juan Casiano.

[30] Ibid.

[31] Ibid.

[32] John Wesley, citado en «Big Words: Prevenient Grace,» Lynn Haven Methodist Church.

[33] John Wesley, citado en Shelton, Prevenient Grace, cap. 7.

[34] Shelton, Prevenient Grace, cap. 7, citando a Kenneth Collins.

[35] Ibid., citando a Roger Olson.

[36] Ibid.

[37] Shelton, Prevenient Grace, cap. 7.

[38] Collins, La Teología de Juan Wesley, cap. sobre la gracia preveniente.

[39] Ibid.

[40] Ibid., citando a Randy L. Maddox, Responsible Grace: John Wesley’s Practical Theology, Abingdon, 1994.

[41] Ibid.

[42] Ibid., parafraseando a Wesley.

[43] Ibid., citando a Albert Outler.

[44] Ibid.

[45] Ibid.

[46] Ibid.

[47] Ibid.

[48] John Wesley, citado en «What Happens to Those Who Have Never Heard the Gospel? How Prevenient Grace Makes a Difference,» Seedbed.

Obras citadas

Collins, Kenneth J. La Teología de Juan Wesley. Traducción al español.

McCall, Thomas H. «»But a Heathen Still»: The Doctrine of Original Sin in Wesleyan Theology.» Adam, the Fall, and Original Sin: Theological, Biblical, and Scientific Perspectives, editado por Hans Madueme y Michael Reeves, Baker Academic, 2014, pp. 147-166.

Oden, Thomas C. John Wesley’s Scriptural Christianity: A Plain Exposition of His Teaching on Christian Doctrine. Zondervan, 1994.

Shelton, W. Brian. Prevenient Grace: God’s Provision for Fallen Humanity. Warner Press, 2014.

Wynkoop, Mildred Bangs. Bases Teológicas de Arminio y Wesley.

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Mi nombre es Oscar Valdez, pastor y maestro pentecostal. Este sitio es para edificar en temas bíblicos desde la perspectiva pentecostal, arminiana y dispensacional.